Uno de los gradientes para medir la felicidad es el número de personas que nos rodeamos, y la calidad de vida que pueden proporcionarnos. Se considera una forma de éxito acceder a ciertos círculos y personalidades.
En el otro extremo, la soledad se relaciona con una vida infeliz, insana: aquella persona que se aparta para escuchar sus pensamientos es considerada antisocial, desdichada, incapaz de sacar partido de una de las mejores cosas que la vida nos puede ofrecer: el barullo de la multitud.
Sin embargo, basta estar 15 minutos en una fiesta concurrida para darse cuenta de la simulación que la sociedad nos demanda: estar pensativo o melancólico, o por debajo de la felicidad de la media son mal vistos. La sociedad quiere seres felices, en la medida que esta felicidad es garantía de alguien que no piensa, cuestiona o escucha su voz interior.
Es una fortuna para la ciencia, la filosofía y la técnica que existan aún seres que prefieran el silencio donde pensar y preguntar, antes que el coro de la última canción de moda.
Fuente | Penelope Trunk
Imagen | La placenta del Universo












