Lo primero que nos llama la atención de la carta que representa al Arcano sexto son sus dos personajes: dos figuras jóvenes, un hombre y una mujer, desnudos, mirándose el uno al otro con recato. Los amantes.
Sin embargo, en las versiones primitivas del Tarot, esta pareja se identificaba más con Géminis que con una idea física del amor. La constelación de los gemelos es, problemente, una versión occidental del signo del Ying y del Yang: los principios masculino y femenino, de lo material y lo espiritual en armonía y equilibrio. Un concepto que sería retomado por la filosofía griega como la complementación: la idea de que provenimos de una entidad, una unidad rota, y que la persona que amamos significa una recuperación (temporal, imperfecta) de esa armonía inquebrantable de la que algunas vez disfrutamos en el principio de los tiempos.
¿Porqué representar al amor con un par de gemelos? ¿No es eso hacer una apología del incesto? Los gemelos no son literalmente gemelos, sino los componentes del Andrógino. Aristóteles pensaba que ese ser del que provenimos y ese principio espiritual al que deberíamos aspirar es una criatura superior, asexuada y bicéfala. El Andrógino. Un ser en donde las aspiraciones sexuales y espirituales están satisfechas, y no es necesario ir en busqueda de placer o conocimiento, pues hay plenitud y la existencia se ha convertido en un estadio superior.
Y esa es la idea que es Arcano VI nos da del amor: esa persona que amamos, es el fin de las búsquedas, y no sólo de las físicas. De hecho, su número, el 6, se asocia en diversas culturas con la sabiduría, el conocimiento y la madurez. Para Euclídes era el número perfecto, pues es la suma de sus divisores. Aún hoy en día, se cree seis personas nos separan de conocer a cualquier ser humano.
Quien te ama, te hace crecer. A quien te ama, le has encontrado. Quien te ama, te completa.
Imagen | Crónicas de una antropóloga












