El Arcano número nueve, el último de los arcanos masculinos, nos remite a muchos poderosos símbolos, y sobre todo a uno: El Destino. Ese hombre, vestido de monje que avanza en la noche, sin sombra, ciego, encadenado a un libro que se escribe y se borra conforme lo lee.
El ermitaño (o eremita, como se encuentra en algunos mazos) es un arcano dual, como todos: tiene sus aspectos positivos y negativos.
Su parte buena: es el hombre sabio que se ha alejado de la sociedad para, en el aislamiento, cultivar su arte y su sabiduría. De hecho, su imagen puede representarlo tanto en el camino de ida como en el de vuelta, iluminado por una lámpara o una vela (la sabiduría) y apoyado en un bastón o en un báculo (la experiencia). Se trata del iluminado que ha andado los caminos y vuelve para compartir su sapiencia, sus dones, sus visiones.
Su parte negativa: su soledad. El precio a pagar por la iluminación es el vivir apartado del mundo, con la carga de dolor y encierro en uno mismo que ello implica.
Es una carta que nos habla del esfuerzo que debe realizarse para resolver un problema. Generalmente nos indica que, para salir de una situación comprometida, ante todo cuentan la fuerza y la distancia que nos permitan adoptar un nuevo punto de vista.
Imagen | IvandelRio.org













